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martes, 20 de diciembre de 2016

Frantz - No Hay Cine Sin Palomitas

El recuerdo en periodo de entreguerras

En la historia del cine existen multitud de películas ambientadas en los tiempos inmediatamente anteriores, durante y posteriores a la Segunda Guerra Mundial; pero no existen muchas que nos cuenten lo mismo en la Primera Guerra Mundial, y que nos posicione en el lado alemán aún menos.

Frantz nos sitúa en una pequeña ciudad alemana tras la I Guerra Mundial. Anna (Paula Beer) va cada día al cementerio a lamentar la pérdida de su novio Frantz, que murió en una batalla en Francia. Un día se encuentra con Adrien (Pierre Niney), un joven francés que ha ido a depositar flores en la tumba de Frantz y cuya presencia en un país que acaba de perder la guerra enciendo pasiones encontradas.

Dirigida por François Ozon, director de cosas tan dispares como En la casa y Joven y bonita, Frantz se descubre como una preciosa y desgarradora película donde el recuerdo y el dolor por la perdida son el motor de la historia. Aunque la historia no sea del todo original, está parcialmente basada en un clásico teatral francés de Maurice Rostand, el cual también inspiró la película Remordimiento de Ernest Lubitsch; la gran diferencia que presentan estas obras respecto a la que hoy nos trae aquí es que, mientras en la obra original y la película de 1932 la visión que se da es la francesa, en esta vemos todo a través de los ojos de la joven novia del soldado alemán. Este recurso hace más interesante si cabe la historia, pues nunca se explora el sentimiento del pueblo vencido en este tipo de obras.
 La película está protagonizada por Paula Beer, una joven actriz alemana poco conocida fuera de sus fronteras, quien no solo consigue hacer el personaje de Anna suyo, sino que deslumbra en cada escena que interviene con una elegancia y una actuación que hacen pensar en el futuro brillante que le puede esperar. Junto a ella vivimos multitud de cambios y la actriz sabe guiar al espectador a través de todos ellos y hacerles participes de todos sus sentimientos. No sorprenderá a nadie que la actriz consiguiera el premio a la Mejor Actriz Joven en el pasado Festival de Venecia por su actuación en esta cinta. Junto a ella se encuentra Pierre Niney, actor que empieza a ser más reconocido en nuestras fronteras gracias a la película Yves Saint Laurent, papel que le dio un Premio Cesar. Pierre no se queda atrás en la película y nos regala un personaje atrayente y misterioso al que no se le puede quitar los ojos de encima. El perfil del actor ayuda en este caso, pues su extraña belleza, o la mezcla de ella y de su falta de ella, apoyan que el personaje tengo un carácter huidizo y lastimero, así como un carisma especial que hacen que los personajes y los espectadores sientan cierta conexión con él.

Un aspecto muy interesante de Frantz es el uso de la fotografía que da el director. Como su cartel muestra, la cinta está rodada en blanco y negro; pero aquí el director se guarda una agradable sorpresa hacia el espectador, ya que en ciertos momentos de la narración la imagen pasa al color de forma orgánica, y me atrevería a decir que bella, para apoyar los sentimientos que los protagonistas están experimentando. No es mi intención desvelar el secreto detrás de estas transiciones, pues su importancia es más personal e individual que una intención de crear un estándar global para la sala. Aparte de ese cambio en la fotografía, la película desprende un aroma clásico que hará las delicias de los más aficionados al cine. 
No querría terminar sin destacar el enorme trabajo de recreación, dirección y escritura que se notan en Frantz. La recreación de la sociedad alemana y francesa de la época, así como de la ambientación del pueblo y el resto de ciudades que nos muestran, son soberbias, por no decir perfectas. Aunque contiene algunas licencias artísticas, el guion de la cinta es un viaje lleno de mensajes antibelicistas y sobre el valor del perdón y de la valentía para llevarlo a cabo. Y la dirección de Ozon no es otra cosa que perfecta, sabiendo dar sentimiento a las escenas sin llegar a abrumar al espectador con emotividad y controlando el ritmo de la película para que no se pierda en medio de todo el caos reinante de la época.

Con todo esto, no puedo dejar de recomendar esta película a todo aquel que quiera disfrutar del cine bien hecho y de calidad. No dudéis en acercaros al cine más cercano donde pongan Frantz y dejad que esta historia os inunde y os emocione como si nunca hubierais visto nada igual. Y nunca os olvidéis de las palomitas, ya sean en blanco y negro o de colores, para acompañaros en este viaje.

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