miércoles, 9 de noviembre de 2016

Que Dios nos perdone

Cuando Dios ya no puede ayudar

El género del suspense siempre ha sido uno de los predilectos de la cartelera española. Por lo general es un tipo de película que nos gusta y sabemos hacer bien si nos ponemos serios en el empeño. Por eso no sorprende, aunque pueda llegar a cansar, que cada año salgan un par de películas patrias excepcionales que utilizan este género y que nos mantienen pegados a la butaca los minutos que duren. Sin ir más lejos, este mismo año hemos tenido grandes películas como Tarde para la ira (podcast) o El hombre de las mil caras (podcast) que nos han hecho vibrar y contener la respiración.

Que Dios nos perdone nos cuenta la historia de Alfaro y Velarde, Roberto Álamo y Antonio de la Torre respectivamente, dos policías algo contrarios que trabajan juntos para dar caza a un asesino en serie que ha surgido en las calles de Madrid en mitad de la Jornada Mundial de la Juventud que trajo al Papa a la capital española.

Sería injusto empezar diciendo que Rodrigo Sorogoyen, director de la cinta, ha hecho un mal trabajo de dirección o guion en Que Dios nos perdone. Lo sería porque la película no está ni mal dirigida ni mal escrita, solo mal explotada. Pero no me voy a adelantar a las conclusiones finales aún. Como ya he dicho, Rodrigo Sorogoyen (Stockholm) dirige y escribe este thriller policíaco de corte fincheriano en algunos segmentos, aunque al director y a uno de los protagonistas no les guste la referencia, donde nos encontramos con una historia de policías que ya hemos visto. Se trata de una pareja de hombres de cortes muy distintos, uno es un policía violento que ya ha sido expedientado y el otro un policía acomplejado y tímido por su tartamudez, que se ven unidos para investigar una serie de asesinatos y que en el trascurso de la trama se conocen más a sí mismos y entre ellos. Pero no por ser más arquetípica la película deja de tener potencia, no vayamos a simplificar las cosas. Sorogoyen nos regala algunos momentos de dirección y posición de cámara muy interesantes y que ayudan al espectador a no entrar en la sensación de estar viendo la misma historia que siempre, que son los que al final determinan la originalidad de su puesta en escena y su calidad como conjunto.
En cuanto al guion de la película, hay que destacar la influencia palpable de Seven, una vez más David Fincher, en la sordidez de algunas escenas y el desarrollo de estas. Pero tampoco lancemos las campanas al vuelo. Aunque esta historia se inspire claramente en la de Fincher, sus diferencias son más que notables para separar ambas como entes distintos y autosuficientes. Donde Seven era un crescendo de sordidez e inmundicia humana, Que Dios nos perdone lo es de naturalismo y vergüenza. No vergüenza ajena por la cinta, sino por las miserias internas que todos cargamos y que no queremos que nos tiren a la cara.

Un apartado a destacar de la película son las magnificas interpretaciones que nos regalan los dos protagonistas. Antonio de la Torre (Azuloscurocasinegro) es, actualmente, un valor seguro para conseguir calidad en estos aspectos, y, aunque para el que aquí escribe no sea su mejor interpretación del año, en esta ocasión no defrauda como policía tartamudo y retraído. Su compañero es Roberto Álamo (La Gran Familia Española) quien construye un personaje arisco y violento que poco a poco va ganándose al espectador y roba la película totalmente. Los dos desarrollan una química arrolladora, como ya les ocurrió en La Gran Familia Española, y se erigen como una de las parejas de policías mejor construidas del cine actual. Tampoco quiero irme sin destacar a Luis Zahera (Celda 211) quien consigue rivalizar con los dos protagonistas en sus escenas y tiene uno de los mejores diálogos de la cinta.
Entonces, ¿qué quería decir al principio con que la película está mal explotada? Cuandote sientas a ver esta película esperas exactamente lo que te han ido diciendo todas las demás críticas y premios que ha cosechado la cinta a lo largo de los meses; y no voy a decir que no lo encuentres, solo que lo encuentras más edulcorado de lo que te han hecho pensar. Desde luego que esto no es ningún contra para la cinta, es más, el publico valora esta rebaja en la sordidez visual y que los personajes, dentro de su aridez, sean cercanos y amables. El problema que veo, y es una opinión que solo me representa a mí en estas palabras, es que la historia pierde velocidad intentando que el espectador no se horrorice ni odie a los personajes. Cuando las imágenes podrían volverse más truculentas, el director las rebaja cerrándolas. Cuando los personajes podrían volverse más antipáticos, el director los acerca con escenas de ternura. Y creo que la película podría ser más incisiva hacia el espectador si no estuviera rebajada así. Por supuesto, todo esto no quita calidad al producto; pero sí resta empuje en las opiniones de la gente. 

En resumen, Que Dios nos perdone es una grandísimo producto de entretenimiento y una excelente muestra del buen nivel artístico que tenemos en nuestro país. Siempre, y yo lo he hecho en esta misma crítica, nos comparamos con el cine americano en cuanto a puesta en escena y originalidad, cuando no tenemos nada que envidiar a esas películas. Nuestro cine, ese tan criticado y denostado por el publico, es uno de los más originales y que más calidad muestran siempre que les dejamos trabajar con comodidad. Este año está siendo un gran año para nuestro cine, y Que Dios nos perdone es una más de las muestras de que lo que falta en este país son creyentes en nuestro cine. Levantaos del sofá, id al cine y ved esta genialidad que Sorogoyen nos ha querido regalar con grandes esperanzas y aún más palomitas en vuestros cubos.


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